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A pesar de llevar aquí ya un mes y medio, la delegación no está terminada por poco. Como siempre, quedan los detalles. Quizá, especialmente en un país en el que hacen de lo pequeño un mundo. Sorprende la amabilidad de quienes te atienden en restaurantes, lanchonettes (nuestras tascas de toda la vida pero en versión buffete libre al peso), cafeterías. Como también sorprende que, donde en España hay sitio para dos, en Sao Paulo caben 8. Nunca habría podido imaginar que una cafetería de 15 metros cuadrados pudiera albergar a 6 camareros. Muy atentos y amable, eso sí, pues te llaman por tu nombre antecedido de un Señor o Señora, según sea el caso (afortunadamente aquí no conocen la ley de igualdad de Rodríguez y todavía existe el masculino y el femenino sin que ello suponga una “inferiorización” de las mujeres) y te sirven, sin decirlo, lo que es habitual y costumbre en tus hábitos. En mi caso, un café con leche pequeño (en sustitución del cortado). En el de mi mujer, Cristina, un café con leche pequeño “clarinho”, para indicar que lo queremos corto de café.
La verdad es que, si no fuera por la paciencia de los paulistanos, esta ciudad acabaría con cualquiera. Alguien me dijo antes de embarcarme en el avión, cuidado con Sao Paulo, es una ciudad hostil. Ahora entiendo el auténtico significado de lo que me querían decir.
Asusta ver la mezcla salvaje de los más y de lo menos: de quienes no tienen más que la calle conviviendo con quienes parecen haberlas comprado. La desnudez de los niños cobijados en cartones en pasajes atestados de coches, con los abrigos de quienes los visten más por moda que por necesidad (el invierno, hasta ahora, no ha bajado de 9 grados, pero es fácil ver a gente con guantes y gorros a plenos 15 grados).
En fin, una ciudad de contrastes inimaginables para quien se ha criado en Europa.